Llega un momento en que no se lo que estoy pensando. Mi cuerpo ya no quiere pensar más, no quiere hacerse más preguntas sobre repreguntas. No quiero preguntas y tampoco quiero respuestas. Necesito sentir, en todas las variables de la vida. Me siento feliz y a la vez vacío. Siento piedras en el camino, cosas que no me cierran.
La desconfianza es una sombra siempre presente, el miedo a sufrir, el miedo a perder. Yo ya no quiero perder. Me siento con la chapa de ganador pero sin premio.
Son pocos los momentos donde me siento vivo, completo. Donde la rutina no existe y los placeres son contados.
Me siento en el balcón a seguir escribiendo. Percibo al frió calar por mis huesos y me reanima. No es agobiante como la sofocación del calor. Tiene la crueldad necesaria para mantenernos alerta de lo que nos atormenta.
Cuando cierro los ojos percibo lo que quiero, en fugases imágenes que parecen aclararse mientras más me concentro. Sin embargo, no puedo vivir en la ceguera de mis caprichos y deseos, debo ser fuerte para lo que pueda suceder, para bien o para mal.
Mis inseguridades desaparecen, cuando me refugio en un abrazo.
No puedo preocuparme por un futuro que desconozco y un pasado que se aleja de mi a cada paso que doy. Siento que puedo volar cuando dejo que los malos pensamientos se alejen de mi...
"Y aunque no siempre he entendido mis culpas y mis fracasos, en cambio se que en tus brazos el mundo tiene sentido..."


