Que extraña sensación la de apoyar la cabeza en la almohada. No por la acción física en sí. Sino por lo que el efecto que produce. Automáticamente, nuestro cráneo empieza a funcionar a unas cuantas revoluciones mayores a las esperadas y, sin pedir permiso, nos vemos obligados a reflexionar sobre aquello que nos incomoda o nos hace ruido, hasta que el sueño se haga presente.
Es imposible determinar que piensa cada uno, esa es la riqueza que tiene el ser humano, hay semejantes pero ninguno idéntico al otro. Pero lo que, si se puede determinar, es qué pasa cuando, antes de dormirnos, nuestra cabeza se toma la molestia de trabajar en demasía.
Estoy seguro que a todos nos sucede algo semejante, pensamos en nuestras dificultades, en nuestras metas y anhelos. Trazamos planes, ideamos futuros posibles, maquinamos situaciones. Extrañamos, deseamos, nos preocupamos. Si si, todo eso sucede antes de irnos a dormir, cuando nuestro no toca la puerta y la tele ya no tiene nada para distraernos.
Seguro exista alguna explicación científica de por qué sucede esto, pero no es mi propósito escribir sobre esa cuestión.
Las cosas que verdaderamente nos importan, aparecen en ese momento, cuando apoyamos la cabeza en la almohada. Lo considero como una especie de "Recordatorio". Ese día, esa noche antes de dormirnos, en ese preciso momento, lo que creemos vital e imprescindible se hace presente en nuestra cabeza, y sencillamente nada más. Se transforma en nuestra prioridad.
Pero eso no quiere decir que mañana la prioridad sea otra, que nuestro desvelo sea otro y que, los deseos, se conviertan en algo diverso...
